
| Un Poema | ¿Qué te Daré? | Delante de ti Señor | La mirada del Señor | Jesús |
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Señor, quisiera escribirte un poema ofrendarte siquiera una canción con el grito anhelante de mis células que tiene sed de tu infinito amor
Quisiera decirte lo mucho que te quiero que eres muy importante para mí, que quiero estar contigo para siempre en el cielo, para siempre en tus atrios como el siervo David
Señor tu eres mi confidente, mi amigo de confianza. A ti te cuento yo mis secretos, mis sueños Eres tu quien envuelve mi vida de esperanzas Tú eres, Señor mi guía, eres mi Dios, mi dueño.
Y no me imagino lejos de tu cariño andaría errante, sola, sin un leve consuelo me sentiría indefensa y débil como un niño, como ave asustadiza de aterrizar su vuelo.
De dentro de mi ser brotan tantas palabras que no puedo escribirlas todas en estos versos por eso espero que mi pecho se abra y el grito de mi amor desmenuce el silencio.
Señor no podría vivir sin tu mirada sin sentir en mi ser tus ojos compasivos, que me vieron un día en mi senda extraviada y con tanta dulzura mostraron tu camino.
Te di aquella mañana pedazos de mi vida cuando tu sangre santa me envolvió hacia tu seno y ahora que has construido una nueva vasija te ofrendo mi existencia en estos breves versos.
Ahora, Señor mi lápiz quedará tranquilo pero en mi pecho, ardiendo, hay una llama inmensa y sólo mi silencio conversará contigo pues aún mi silencio está ante tu presencia.
Autor: Orlinda de Arteaga
¿Cómo pudiste amarme tanto? Antes de que yo naciera ya me amabas Es tu amor tan grande, Señor y tan sublime Que se hace incomprensible para mí.
Señor ¿Qué puedo darte? Si te diera una flor, pasado el tiempo la flor se secaría Si te diera el aroma de los bosques pronto se extinguiría; Las gotas del rocío no puedo dártelas porque ninguna es mía, y si te diera una estrella brillante tu luz la opacaría.
Señor no puedo darte Ni la noche ni el día.
Cantar no sé, Señor si no te diera una canción de amor y de alegría. Señor ¿Qué puedo darte para siempre siendo tan pobre yo? Mi corazón te doy, Señor yo te lo había guardado desde niña.
Autor: Orlinda de Arteaga
Estoy delante de ti, Señor débil como un pajarito herido, que aún siente deseos de volar. Una leve tristeza me rodea, sin penetrarme flota, flota el aire como globos que nuestros ojos persiguen hasta desaparecer de nuestra vista.
Estoy aquí, Señor con mi necesidad desnuda delante de ti, deseando abrazarte y dejar, Señor, sobre tu pecho divino mi debilidad, la tristeza, mi necesidad, mis lágrimas, mis por qué; Sabiendo que la sangre de tus manos heridas es suficiente bálsamo, sabiendo que una sílaba que pronuncien tus labios, inflamará mi corazón de gozo.
Estoy delante de ti, con mi esperanza Ese tallito del cual brota cada día, una flor de anhelos y cada noche esa flor se cierra para brotar otra vez al nuevo día. Estoy, aquí, Señor, todavía, queriéndote decir sin atreverme lo que en mi mente y en mi ser se anida.
Autor: Orlinda de Arteaga
¿Qué sentiría Pedro, Señor, aquel momento cuando tu lo miraste después que te negó? ¿Cuál sería tu mirada de dulzura y tristeza que sólo al percibirla le partió el corazón?
¡Cómo tus ojos tiernos mirarían fijamente por un breve momento a quien tu alma amó, cuál sería tu mirada de amor redarguyente que Pedro, arrepentido, muy amargo lloró!
¡Oh Señor! Tú que miras con tierna mansedumbre todas nuestras flaquezas de triste humanidad; cuando, Señor, faltemos ¡Danos esa mirada! que tu Espíritu Santo nos vuelva a restaurar.
Oh! ¡Cómo Anhelo yo tu mirada divina que constante escudriñe aquí mi corazón que derrita allí dentro los malos pensamientos y toda cosa mala que tu encuentres, Señor!
Autor: Orlinda de Arteaga
Cuando cierro los ojos miro que los llevan con la cruz en los hombros con mi pecado acuestas y yo me lo imagino en oración por dentro sus labios mudos ¡mudos! Sus ojos quietos ¡Solo, solo con nuestra carga! ¡Dios, como nos amó! Él recibió nuestra ira Él solo la llevó Él recibió el castigo Él, que nunca pecó... yo imagino sus ojos mirando tiernamente yo imagino la sangre del sudor de su frente yo imagino sus manos clavadas en el centro yo imagino, ¡imagino! lo que sintió por dentro ¡Con cuanto amor Él puso su vida por la nuestra! Hasta los que le amaban lo dejaron solo, Sólo con su tormento...
Hoy que has resucitado y me llamas a tu encuentro ¿Cómo podré negarme y rechazar tu luz? ¿Cómo no he de aceptar tan puro y caro precio, que por salvar mi alma pagaste en la cruz? Por eso me apresuro a aceptar ese amor, El fruto de tu alma afligida soy yo Señor ¿no he de servirte a Ti que eres mi Dios? Clamo: Jesús, Jesús, Jesús Gracias te doy, Señor
Autor: Orlinda de Arteaga
